21 AL 23 DE OCTUBRE DE 2016
IX JORNADAS DE LA NEL
Jornada Clínica

Afectos y pasiones
por Marcela Almanza

Hablar de las pasiones implica, en principio, reconocer que si bien históricamente existieron diversos discursos que abordaron esta temática, hoy nos alude como psicoanalistas hacer notar nuestra posición en tanto las alojamos, las escuchamos caso por caso, y es en esa vía que nuestra práctica se diferencia radicalmente de otras intervenciones muy en boga en esta época.

Sabemos que la clínica psicoanalítica depende de la transferencia, y que allí se despliega toda una gama de pasiones. Al principio de su enseñanza, Lacan define al sujeto del inconsciente como falta en ser y, bajo esas coordenadas, presenta al amor, el odio y la ignorancia, como aquellas pasiones del ser que siempre guardan una relación con el Otro. La misma falta en ser, será la que determinará la pasión de ir a buscar en el Otro aquello que lo colme.

Al final de su enseñanza, a partir de los años ´70, el sujeto será definido como parlêtre, introduciendo toda la problemática del goce y de la relación con el cuerpo. Desde allí, entonces, hablará de las pasiones del alma, apuntando -entre otras- a la tristeza y a la manía.

Las pasiones, desde un inicio, fueron pensadas entonces en una íntima articulación con el lenguaje al leer en el corazón mismo de la experiencia analítica cómo cada cuerpo hablante ha sido afectado de un modo absolutamente singular en sus relaciones con el Otro.

Será desde allí que podremos iluminar los efectos del lenguaje sobre el cuerpo, efectos "de recorte, de desvitalización, de vaciamiento de goce, es decir, según el término de Lacan, de "otrificación del cuerpo"[1], lo que nos permitirá plantear un lenguaje de las pasiones[2] que, en la perspectiva de una clínica bajo transferencia que incluye al analista y su acto, poco tiene que ver con la emoción que las sostiene.

En esa vía, el texto de J. A. Miller propone pasar del debate entre emociones y afectos, al de afectos y pasiones, cuando dice que Lacan no empuja en absoluto el afecto hacia la emoción, sino que, por el contrario "…vuelca todo su esfuerzo en distinguirlos, y empuja el afecto hacia la pasión, precisamente la pasión del alma."[3].

Así, Miller nos recuerda que la orientación lacaniana implica distinguir las emociones (que bien se pueden observar en el registro animal a nivel de las reacciones, pudiendo dar lugar a una teoría etológica de las emociones, puesto que éstas aparecen en todas las especies) de los afectos y de la pasión, que siempre introducen un sujeto.

Es en este contexto que me interesa introducir una breve reflexión para distinguir nuestra práctica, orientada hacia lo real y que considera a los sujetos uno por uno, de otras que hoy por hoy se promueven en el ámbito social como una herramienta útil y necesaria para lograr el dominio eficaz de las emociones, transformando cualquier malestar, cualquier índice subjetivo en un mero dato objetivo pasible de ser observado y cuantificado convenientemente, teniendo como perspectiva la reducción de la realidad humana al cerebro.

Bajo el imperio de la cifra, y de la premisa de que "…el cerebro es una máquina de tratamiento de información", se despeja "…una realidad en la que todo es cantidad, incluso la cualidad. Cuando se enfrenta con lo que llama "realidades cualitativas", que solo llama tales desde el punto de vista de la cantidad, es decir que no se prestan inmediatamente a la cantidad, las clasifica como emociones: la tristeza, la alegría, el amor…".[4]

Por supuesto, esta clasificación no será sin efectos pues si solo se trata de cantidades de neurotransmisores en juego, lo que queda abolida es la dimensión del parlêtre y lo que resta como evidencia es un deseo de igualdad y de dominio donde las diferencias son solo cuantitativas ya que "...se tiene la idea de que se puede actuar sobre las cantidades: se puede aumentar el porcentaje de dopamina, bajar el de serotonina. Se puede, por medio de electrodos, actuar sobre la actividad eléctrica del cerebro".[5]

En esta vía, tomo como ejemplo aquellos discursos esgrimidos en torno a la llamada Inteligencia emocional (término popularizado gracias a la publicación en 1995 del famoso libro "La Inteligencia emocional" del psicólogo norteamericano Daniel Goleman quien la define como "La capacidad humana para reconocer sentimientos en uno mismo y en otros, siendo hábil para gestionarlos adecuadamente") no hacen más que propulsar el dominio de habilidades, ya que éste es decisivo en el progreso de la persona, para crecer personal, social y profesionalmente.

Bajo el auspicio de la neurociencia, se pregona la plasticidad del cerebro y la posibilidad de su entrenamiento para poder incrementar la inteligencia a lo largo de la vida.

De lo que se trata es de mejorar los objetivos, los resultados que cada quien se proponga en el ámbito que sea, y hacerlos crecer continuamente. Las premisas son: no importa el qué, sino el cómo y el para qué hacemos las cosas o actuamos de un modo u otro. Se trata, en definitiva, de mejorar la gestión de las emociones en términos de identificar nuestras emociones y las de los demás en el momento que surgen en pos de que cada quien se conozca mejor a sí mismo para contribuir a mejorar la inteligencia emocional, y, por ende, las relaciones interpersonales.

Dicho lo anterior, y como orientación en nuestra práctica del psicoanálisis, retomo lo planteado por J. A. Miller cuando nos recuerda que Lacan en Televisión, "…delimita pura y simplemente los afectos como las pasiones del alma, lo cual es una provocación, por supuesto, pero destinada a apartar la teorización del afecto de la psicofisiología y de la psicología".[6] Agrega entonces que "…no se trata de una fenomenología de las emociones y tampoco de un problema de self-control, de dominio de las emociones…" sino de "pasar de la psicofisiología a la ética"[7] "…en tanto que ella concierne a la relación con el goce. Precisamente por eso Lacan define su ética como una ética del bien decir" en tanto que, de lo que se trata, es "…del acuerdo entre el significante y el goce, de su resonancia.".[8]

Una brújula muy precisa, que sin duda diferencia nuestra práctica.

NOTAS

  1. Miller, J.-A., A propósito de los afectos en la experiencia analítica en Matemas II, Manantial, Buenos Aires, 1988, p.160
  2. García, G., El curso de las pasiones, Centro Descartes, 1999, inédito
  3. Miller, J.-A., A propósito de los afectos en la experiencia analítica en Matemas II, op.cit.,p.152
  4. Miller, J.-A., Todo el mundo es loco, Paidós, Buenos Aires, 2015, p.148
  5. Ibíd., p.148
  6. Miller, J.-A., A propósito de los afectos en la experiencia analítica en Matemas II, op.cit.,p.161
  7. Ibíd., p.161
  8. Ibíd., p.162
NEL - Nueva Escuela Lacaniana